¡Bienvenidos!

(Todos los relatos registrados en safecreative).

sábado, 18 de agosto de 2018

De caras y espaldas

   El mejor momento de un primer beso está antes del beso. En el pentagrama, tu boca el mi, la mía el fa. Te gusta así, ponerte de puntillas para rozarme la barba. No hablas. Prefieres quedarte en ese silencio, ya que hablamos de música, y quizá estar años viajando. Viajando mi boca a la tuya para sellar eso que tratamos con tanta burocracia y educación. Ya los has tenido antes, como yo. Vinieron rápido y se fueron más rápido. No hubo antes ni después, solo lo que hubo en medio. Y es que lo que hubo en medio a poquísima gente le importa. El corazón se ha relajado cuando el beso es en gerundio, ya no toca el tambor. Tampoco está en el éxtasis del final. No está esa risa (que es la risa más sincera de todas pues no surge de nada gracioso, sino de la timidez de mirar a unos ojos que ahora son distintos) nerviosa y suspiro que me enfría la boca.
   Pero hablemos del durante. Hablemos de cuando nos besamos y nos tocamos con la boca y piensas si tus labios son para mí suaves en lugar de estar pendiente de si te gusta la forma de mi cara. En lugar de pensar si has cerrado los ojos o si los tienes abiertos y, si lo están, por qué ves todo del negro más negro que existe. Durante un primer beso se piensa en todo lo que no es el beso, por eso es más importante el antes, cuando la mente se desconecta y te acuerdas, por ejemplo, de aquel cigarro que tienes a medio fumar en el bolsillo de atrás y que no sacaste al sentarte en el autobús. Entonces te besan y desaparece el cigarro, como lo haría si lo quemaras. Al final todo el agua acaba en el mar.
   Entiendo durante el beso aquel verso que decía «Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman». Entiendo que no habla del ruido que hacemos o que hemos hecho hasta llegar a ese momento. Entiendo que algún día eso acabará y no habrá más besos, al menos tu boca con la mía. Que habrá otra boca que hará ruido con la tuya, y eso será lo triste. Ese será el ruido que suene en mis pesadillas de agosto.
   Mientras te beso pienso yo, como hacía en aquella terraza de bar, que cuando me acaricias la cara resuenan en mi cabeza guitarras como sonaban en la radio hace veinte años. Como suenan en la gramola. Música arrancada de un disco de pizarra con una aguja de metal. Y es que sabes a metal. Tu lengua y la mía se tocan y pienso en la guerra y en el acero de la camisa de las balas que matan a hombres. Muero a gusto cuando me sujetas por la nuca. Muero en tus brazos, como te dije todas las veces que te abracé por la espalda antes del fracaso. Muero contigo.

lunes, 23 de julio de 2018

Una foto en blanco y negro [Inconmensurable parte II]

    (Es preferible empezar a leer por aquí http://lavidapuedesermuyputa.blogspot.com/2018/06/los-suenos-de-los-ciegos.html pero no es necesario para la lectura de éste).




En mi incansable búsqueda del fuego y las palabras exactas, dejo de poner atención de forma consciente en mi taza de café, la primera que pido desde el año noventa y seis. No me gusta el café. Tampoco fumo e intento disfrutar de la ceniza del recipiente de cerámica que hay en el centro de la mesa. En otras terrazas los hay de aluminio, o con agua dentro para que el perfume del humo muera, para que no huela.
   Al desviar mi atención a otro lugar (a ninguno) una gota de café salpica en la libreta que tengo sobre la mesa y que, al ser nueva, parece vista de frente un abanico de papel abierto con todas las varillas extendidas. La gota negra, en el papel del color del tabaco hecho hebras, se parte por la mitad al caer en el canto de una hoja de papel. Una cualquiera, sin numero ni marca que me ayudara a encontrarla antes de la accidental caída por el torpe movimiento de mis manos. Ahora, fruto del azar y del caótico movimiento de mi codo hasta mis dedos, la hoja estará manchada para siempre por ambos lados con una línea que la parte en dos.
   Cojo la hoja y la separo de sus inmediatas hermanas a izquierda y derecha para dejarla secar. Y la veo entonces. Tal y como predije aquella noche del lobo y el perro y el ciego del que había visto todo aquello. Escrita sin prisa y con la misma presión con la que se agarra el cuerpo de un pájaro. En mitad de la hoja, perdida hasta este día, me encuentro cuando más lo necesito con la palabra metal.
   Quedo allí, en la terraza de aquella cafetería de plaza, acariciando el cacho de papel en el que se fundió la tinta hace tantas noches. Como ya no siento como antes lo que toco con la punta de los dedos, repaso la palabra con la uña y resbala entre las letras subiendo y bajando en cada surco. La posición de mi dedo es mínima, pero lo noto. Noto el peso y el poder de la palabra ascendiendo por mi pulgar. Si ahora hiciera crujir el dedo, la copa de agua tónica del hombre a mi espalda explotaría en una lluvia de cristal.
   Soy, empero, un espectador de la madrugada y no he venido a desatar el caos. El oficio de escribir, si de diez manzanas se tratara, nueve de ellas simbolizarían el observar. Lo demás se cuenta en peras. La manzana que nos sobra, que por lo general es del color opuesto a las demás, es lo que algunos llamarían dedicación, o traducido: tener el Don.
   Como la noche, para los aspirantes al oficio de escribir, no tiene horario, me concedo el placer de abrir mi libreta y escribir, en una esquina de una página en la última cuarta parte de sus hojas la palabra sidra.
   Imagino, mientras dibujo las letras (porque las letras no son otra cosa que dibujos que hablan) el proceso mediante el cual se hace la sidra. Me viene a la cabeza que los pasos de hacerla se asemejan mucho a los pasos que hay que seguir para terminar un libro. Pero hablando de la fascinación del escritor, dejadme contaros qué me deja pensando largo rato cuando acabo de escribir sidra en la esquina de la página de mi libreta.
   Pensaba yo, mi yo de todos aquellos años atrás, que la sidra solo se hacía con manzanas verdes. Me siento tonto, y me río. Pienso en todas las manzanas rojas que había separado del manjar que es la sidra solo por hacer caso a mi vista. Solo por emplear un sentido de todos los que tengo. Y algo resbala por mi espalda como si fuera la mano de aquella amante que hace tanto que no vemos.
   —Disculpe, caballero.
   Cuando me llaman caballero me pongo la barba de Don Quijote.
   —Buenas noches. —le respondo con mi lápiz como lanza en astillero.
   —Buenas noches. Aquél hombre de allí le invita a un vaso de sidra.

   Descorro la silla de esa mesa y me inclino en su respaldo pensando que la que era mi mesa, la de antes, ya no es mía por el simple acto de levantarme de ella. Queda en mi recuerdo como una que llenarán infinitas personas en infinitas noches. Acerco la silla a la mesa del hombre y me quedo mirando sus blancas cejas y su reloj de platino. En la mesa hay dos vasos de un líquido ambarino sin espuma. Digamos que son meados.
   —Pruébala. —Me dice un desconocido que no me tiene atado.
   —Si le pidiera que la probara usted primero seríamos una novela de caballeros sin pizca de hidalguía.  —Y como no lo somos, pruebo los meados.
   —¿Y bien? —Me pregunta haciendo destellar sus cejas plateadas a la luz de la luna. Sus ojos son del color del cristal. —¿Manzanas rojas o verdes?
   Me muero de miedo al dejar en la mesa el vaso lleno menos mi trago.
   Y entonces trago.
   —Rojas y verdes. Sin distinción.
   —Malditos los que distinguen— dice, y dibuja una polla en el aire para pedir la cuenta.
   —¿Ya se marcha? Esperaba respuestas.
   —Me caes tan bien que solo voy a darte preguntas. —Me mira con la profundidad de los cañones de un barco hundido.
   —Mientras me lo dé usted. —Doy otro trago a la sidra. Sigo pensando en las manzanas.
   —Aquí tienes la primera. —Abrió la cartera para pagar al camarero y entonces lo vi. La vi. Una fotografía en blanco y negro que sonreía. Era, obviamente, su mujer. Era en el significado más literal de la palabra. Era porque ya no es, porque hacía mucho que había muerto. En mi cabeza resuena el principio del relato que escribiré esa misma noche. La frase incorregible, indispensable, incambiable: «A veces pienso que estás muerta para sobrellevar el dolor». Miro a la mujer que su marido ya no mira, como el cuadro del recibidor al entrar a casa, el que hace años que no ves porque lo conoces de memoria. Miro a la mujer del hombre de las cejas de plata y los imagino tumbados en su casa, riendo con el sonido del aire acariciando las cortinas en una mañana de invierno. Abrazándose sin mencionar una palabra porque cuando dos cuerpos desnudos entran en contacto está todo dicho y todo es conocido entre los dos. Oigo sus besos y veo en la mesita de noche una carta de ella a él que había guardado durante años, catorce exactamente, una carta con palabras que algo no me deja ver. Veo sus manos, veo sus caras, veo sus cuerpos y los oigo, pero la carta no me la dejan ver. El secreto, el erotismo de sus frases es prohibido para el mundo, solo ellos lo entienden. Quizá nadie me lo impida y lo que ocurre es que no lo entiendo, que su lenguaje es solo suyo, demasiado complicado o simple para un hombre que piensa en manzanas. Y cuando en su reloj de platino se marcan las 00:00:14, mi cabeza sale de aquella habitación que apesta a metal. — ¿Verdad?
   Reacciono. El hombre me está mirando con un codo apoyado en la mesa.
   —¿Por qué lloras?
   Me toco la cara. Mis manos tiemblan como las ramas de los castaños en otoño.
   —¿Lloras por ella?
   Lleva un traje negro, es perfecto. Las mangas tienen un corte que habla del tiempo con sus dedos, con los diez. Tiene un anillo en el dedo anular y obtuve tristemente y de forma involuntaria el conocimiento de que la pareja de ese anillo se encontraba a siete metros bajo tierra encerrado en un ataúd de nogal («at-tabut» cajón o cofre en árabe). Lloro por tantas cosas que no sé explicarlas todas.
   —Te repetiré la pregunta, aspirante a escritor. ¿Por qué las botellas son delgadas en el tapón y anchas en el culo?
   —Porque nadie tiene la boca tan grande.
   El hombre comienza a reír. Lo hace con la fuerza de un huracán. Se giran hacia nosotros todos los que se personan en aquella cafetería la madrugada del veintidós de julio, el veintitrés. Se gira la pareja que habla de divorciarse. Se gira el camarero, que nos mira como a un dúo de locos de atar. Se gira un hombre que secretamente tenía cien años y que se sentaba siempre en la mesa más próxima a la puerta del bar. Y se gira el trío de gatos que nos mira espectantes desde el tejado.
   Entonces se levanta de la silla y se va. Jamás volveré a verlo. Automáticamente saco mi libreta y escribo las palabras que emplearía para abrir ese relato del que aún no tenía nada, solo el principio. Y quizá, para ver el final tenga que pensar en lo que hay antes del principio. Antes del principio, inmediatamente anterior al principio hay otro final. Así se rige el mundo. Algo acaba, algo empieza. Algo empieza, algo acaba. Casi parece no haber nada en medio.
   Y empiezo a pensar por el final.
 

domingo, 17 de junio de 2018

Los sueños de los ciegos [Inconmensurable]

   Esta noche, en la antesala de las once, con todos los pájaros de los árboles en duermevela, he visto una pareja en el tercer piso del edificio que hay enfrente del parque de la fuente.
   Él y ella, ambos peinando canas, deambulaban por la habitación que se me ha antojado su dormitorio. Gesticulaban con manos torpes mientras hablaban entre ellos y, como no los escuchaba, fingí que hablaban del pasado y del futuro con una calma y una prisa que eran del todo humanas.
   Campaneadas ya las once y habiendo pasado por delante de mi persona la veinteañera que pasea un perro blanco y negro (uno sin raza pero con gracia al menear las orejas), vi cómo el hombre del tercer piso se sentaba en lo que en mi imaginación, pues me tapaba la fachada entre las ventanas, era un diván frente a su cama.
   La mujer, su mujer, sin que el posesivo llegue a expresar verdadera posesión (para el académico: que pertenece a los bienes de él) se arrodilló junto al hombre y manipuló algo en sus piernas mientras él seguía hablando de algo. Digamos que hablaba de dulces.
   Yo me limitaba a conjeturar, poniendo a un lado, en el banco, el fascículo número diecisiete de Don Quijote, qué estaba haciendo esa mujer con aquél hombre la noche del 19 de junio de 2018.
   Saliendo de mis cavilaciones de aspirante a escritor, oficio que es probable que siempre tenga esa aclaración delante, pensé que simple y románticamente estaba loca. Ella había decidido agacharse y contar hasta la última hebra de los pelos de la alfombra mientras su marido, o amigo, loco también, le hablaba de algo. Digamos que le hablaba del invierno.
   Pasó, pues, por delante de mi vista cansada de leer a Cervantes a la luz de una farola de tungsteno (en Alemania «wolframio», el metal del lobo), un lobo negro que seguro se había extraviado del bosque. Ahora veo lobos cuando veo el negro metal, el metal con el que se hacen las armas.
   Saco la libreta del bolsillo de mi camisa y escribo en mitad de una página, en mitad de la libreta, la palabra metal. Solo la palabra. Sin comillas ni punto. La dejo ahí para cuando nos necesitemos el uno al otro.
   Pero volviendo a los locos, ¿y si no estuvieran locos?
   Permanecí callado, loco yo a la vista de los transeúntes, locos para mí, deambulantes en un parque sin rumbo alguno en la hora sin números. La luna en lo más alto y yo mirando cuarenta y cinco grados más abajo, a la ventana del tercero.
   Se levantó en ese momento con algo entre las manos. Le había estado quitando los calcetines.
   Me fascinó aquel acto de fina ternura entre dos personas que se aman y que no se ocultan nada entre ellas.
   La pregunta no era por qué le había quitado los calcetines, sino si se lo había pedido él o fue un deseo que había nacido en el interior de ella.
   Cuando se levantó él, ella lo ayudó y se movieron por las habitaciones cogidos del brazo con el cuidado que llevaría una madre con su hijo al cruzar la calle. Llegaron a una parte del piso en el que solo vi siluetas que se movían a causa de la rugosidad del cristal, seguramente la ventana del cuarto de baño. Eran ellos tapando la luz, estaban dándome un espectáculo de sombras en el que, si bien antes adivinaba de qué hablaban, ahora resolvería qué hacían. Digamos que se abrazaron en el baño, y entonces apagaron la luz.
   Me sentí algo solo hasta que aparecieron de nuevo en lo que, para mí, era su dormitorio. Seguían enlazados por el brazo. Él se paró y miró sus pies con un raro movimiento.
   No inclinó la cabeza, sino que encorvó todo su cuerpo en una reverencia levísima. El fin del misterio me golpeó: el hombre era ciego.
   Entonces, como ocurre con la resolución de los misterios a veces, se ramificaron otros nuevos pero no tan urgentes. De hecho, con una belleza que residía precisamente en que fueran un misterio sin resolver.
  Llegó a mis oídos la preciosa melodía de Wham Bam Shang-A-Land, de Silver. Y moviéndome a su ritmo, puse esos deliciosos misterios en fila para enfrentarme a ellos como si fueran reales.
   ¿Amaba esa mujer tanto a ese hombre como para haberse convertido en sus ojos?
   ¿Hablarían alguna vez, siendo ellos novios cuando jóvenes, del color de sus ojos y escribirían poesía sobre ellos hasta que él no pudo ver?
   Quizá fue siempre ciego. Quizá, para verle a ella la cara por vez primera, le pasó por el rostro las yemas de los dedos hacía tiempo y sonrió como si hubiera entendido a qué se refiere la gente cuando habla de los colores.
   Y llegado ese momento, ese en el que ellos no se consideran nada extraños entre la masa de gente que los mira, que mira cómo un hombre toca la cara de una mujer, él preguntaría: «¿De qué color son tus ojos?» Y aunque ella sabía que jamás la comprendería si dijera la palabra «verde», y aunque él sentiría miedo al crear esa incomodidad a causa de su problema, ella diría: «Son verdes». Y besaría sus manos. Y él sonreiría pensando en el mágico y trémulo significado de la palabra verde.
   Imaginaría él, como hago yo con la historia de su vida, que el color verde serían sus manos, las de ella, quitándole los calcetines de los pies en la madrugada del 19 de junio de 2018.
   ¿Vería también el ciego en su negrura que yo lo observaría desde este banco de madera? ¿Vería mi forma y escucharía esta canción que suena?
   Los sigo mirando. Lo veo a él saliendo al balcón y mirando hacia mí, pero sé que no puede verme. Después de él, la mujer, hace aparición a su espalda y lo abraza. Abraza ella a él y le susurra cosas al oído. Digamos que cuenta las estrellas. Sin ábaco, sin usar los dedos. Le susurra al oído el número exacto de estrellas que hay en el cielo el 19 de junio de 2018, o el 20, ya pasadas las doce siendo un día con otro nombre. Y él, con una confianza ciega, se lo cree.
   Se gira él, recibiendo un beso de ella en la comisura del labio y le hace una pregunta. Digamos que le pregunta si hay un hombre tras la fuente, que a esa hora está apagada. Digamos que ella, mirando hacia mí también, le dice que sí, que hay un hombre, que estoy aquí sentado y que tengo un libro al lado que se ha abierto por la primera página debido a mis manos y a los malos cuidados que le doy a todo lo que pasa por ellas. Un libro fino, blanco y de mala calidad.
   Saco mi libreta, la abro por una página cualquiera y escribo la palabra...
   —¡Perdone! —me llaman desde el balcón. Es ella.
   —¿Sí?
   —Usted será escritor. Me lo ha dicho mi marido. Dice que lo ha visto a usted en sueños.
   Me pregunto si me habrá visto en realidad, si dentro de su mente no es ciego. Me pregunto con qué habrá soñado exactamente. Digamos que fue con demonios.
   —Usted será escritor —me dijo entonces el hombre mirando a todos los lugares. A la fuente, al lobo y al perro blanco y negro. A las estrellas, a su mujer y a las sombras que se movían en la ventana del baño hace unos minutos. Mirando a los calcetines, a su alfombra y a mí. Y al mismo tiempo mirando a ningún sitio—. Porque si no se hubiera sentado en ese banco, yo jamás hubiera sabido qué es el verde.

miércoles, 13 de junio de 2018

Cuentos mojados para niños con la ropa seca.

   El camino acababa en una curva, un giro aórtico lleno de hojas secas y muertas. Había llegado a la montaña siguiendo las indicaciones de su antiguo maestro.
   Naftelín Gorrión, de la escuela del gato sin cola, se apoyaba en un cayado estirado y retorcido en el mango y vestía ropas estriadas y arrugadas. No estaba en los pensamientos del peregrino la búsqueda del estilo o el buen ver. El chico se apañaba con una calabaza, un palo y una capucha para protegerse de la lluvia. Llevaba vivo diecinueve años y, según le habían contado, ni un día había dejado de llover desde entonces.
   Llegó a la antesala oval de una cueva abierta en forma triangular. La base se abría unos dos metros y la tercera punta, la que apuntaba a la tormenta, zigzagueaba como un herido dejando un rastro mortal hasta un punto final y ciego. Era el ojo de un monstruo de otro mundo, o al menos uno que en el suyo no se conocía.
   Cuando entró a la vetusta penumbra, su cayado hizo el sonido de pisar la lasca fría y recta reverberando el mismo sonido hacia catorce direcciones distintas. Sonó una canción de «Toc. Tototototoc toc toc», y sintió cómo las criaturas de la oscuridad se retorcían en sus nidos llenos de mugre y barro. Sonaron los caparazones de los cangrejitos que se frotaban con las raspaduras de las rocas. Después el pico de un pájaro cerrándose y un finísimo batir de alas que parecía una cortina cerrándose y abriéndose dos veces. Por último, un graznido que avisó de su llegada a huéspedes más inteligentes que tres monos con alas, crustáceos de lluvia y ranas azules.
   Su paso por la cueva consistió en evitar los charcos grises y con ondas que desataban las gotas que caían del techo multiforme de la cueva. A veces a saltos entre losas de piedra y otras utilizando su cayado como pértiga salvadora de vacíos. La cuestión no era mojarse, ya estaba empapado, la cuestión era otra igual pero bien distinta. Naft tenía un secreto que no podía confesar a nadie.
   Se sacudió el agua y movió su pelo lacio a los lados hasta sentirse algo más seco. La gente decía que los que viven en días de lluvia desde su nacimiento, tenían suerte hasta la muerte. Él siempre hacía oídos sordos a esas cosas.
   Pasó dos altibajos y escaló con algo de dificultad un risco lleno de aristas y estacas congeladas que apuntaban hacia el suelo. Había una pequeña cascada de agua calmada que caía sin hacer ruido, Naft la evitó con facilidad. Se aupó con su peso y el de sus ropas mojadas y raídas y llegó al vestíbulo de aquél palacio natural con una alfombra de hierba verde que llevaba hasta una tarima con un pedestal. A los laterales caían chorros de agua de lluvia del exterior y formaban un lago en forma de «U» en la sala. Pero la tromba más importante de agua caía del agujero sobre el pedestal. Horadado en la roca, la lluvia caía directamente sobre el trono circular que había presidiendo el vestíbulo. Y sobre la losa gris, la figura de un hombre agazapado recibiendo sobre su nuca el agua fría y llena de sedimento de mar, bosque y tierra.
   El chico se acercó a la envejecida figura hecha una bola y tapada con un manto que bien parecía hecho de hojas de enredadera cosidas con camas de rana. En su nuca se posó un pájaro y sorbió de entre sus trapecios un traguito de agua que no llenaría un dedal. Después salió volando y trinó con el sonido de la justicia. Llegó frente a él y desató su capucha y cayó al suelo toda su gabardina dejándolo desnudo de la cintura hasta el cuello, sólo quedaban en sus brazos dos mangas de los codos hasta las muñecas de color negro y blanco en espiral. Cuando lo hizo, se sintió liberado de todo el peso del agua, y el aire enfrió la finísima capa de sudor de su cuerpo.
   La figura del pedestal no se movió aun escuchando sus pasos que empezaron a ser torpes, ahora tras catorce semanas de viaje. Naftelín Gorrión se quedó mirando cómo el agua caía sobre su cuello y se colaba por su espalda. Salía por agujeros que él consideraba sus perneras y mangas. El agua entraba en su cuerpo y salía de él. El hombre, consciente o inconscientemente, se había convertido en una fuente.
   —Saludos, heraldo de la montaña. Llego exhausto tras largos días de viaje, tras cruzar los bosques inundados y el desierto de agua. Marché de mi pueblo por orden de mi maestro dando permiso a mi humilde deseo. He venido a veros, a pediros consejo y a ser vuestro discípulo desde hoy hasta que me haya enseñado todo lo que pueda aprender.
   Después sonó agua. Es lo que sonaba siempre, estuvieras donde estuvieras. Sonaba el agua y a veces nada más. Llevaba escuchando el agua durante toda su vida. Naft no conocía el significado de la palabra silencio, o al menos, su significado era para él uno que no existe. Y ese había sido el motivo que le llevó a esa montaña. Un día alguien le explicó el significado del silencio, le dijo que lo que algunos creían silencio, era para otros un día llena de ruidos insoportables. Igual que lo que unos consideraban amor era para otros una vida llena de golpes y espinas. Y Naft comprendió que lo que habían sentido por él, nunca había podido llamarse amor. Comprendió que nadie le había querido nunca y se sintió solo. Se sentó en un tocón y escuchó la lluvia. Pasaron lobos y zorros y le miraron con sus ojos de animal. Pasaron familias de mapaches que se alzaron sobre sus piernas como preguntando en su idioma qué ocurría dentro de su cabeza pero Naftelín Gorrión nunca pudo volver a ser el mismo. Catorce días después pidió marcharse de allí.
   —Necesito de su sabiduría para volver a vivir. No vivo, solo sobrevivo. No puedo continuar con mi vida si no entiendo mi vida ni lo que ha ocurrido en ella. Por favor —suspiró, perdiendo la esperanza al no obtener respuesta—. Por favor, necesito saber si me quiso o solo estuvo mintiendo.
   Esperó. Pero no ocurrió nada. Su vida no era una leyenda. Su camino no fue el viaje de un héroe y aquél hombre no le enseñaría nada. Por lo que recogió su caperuza gris, se la echó sobre el hombro y, cabizbajo y con el sentimiento de la derrota, marchó a su casa sin haber conseguido más que cansancio.
   La magia no existía y ese hombre solo era un loco que llevaba allí un tiempo comiendo mierda de murciélago. Los libros decían que la mierda de murciélago tenía ácido nítrico. Esperaba que se envenenase y quedasen allí solo sus huesos. Una preciosa fuente hecha con los huesos de un loco.
   Antes de bajar, antes de saltar y caer sobre la pequeña poza en círculo que recogía toda el agua de las cascadas, se giró de medio lado y preguntó:
   —¿No es aquí donde vienen los niños y se hacen hombres?
   Y dejó de llover.
   Naft sintió el frío más abrasador de su vida. No conocía a nadie que recordara un día sin lluvia, pero la tromba de agua que caía por el ventanuco cesó como si se cerrara la boca del cielo y quedó escuchando sólo las cascadas y el sonido fue rompiéndose, exprimiéndose como una naranja que llenaba un vaso de zumo hasta que sólo quedaba una pulpa blanca y seca. Las cascadas se secaron casi a la vez. Terminaron siendo un hilillo de líquido y hasta eso acabó muriendo.
   Entonces la capa de hiedra del hombre vibró sin que hubiera temblor ni viento, y hasta la última de sus hojas se secó como si hubiera llegado el otoño de un segundo a otro. El hombre levantó una cabeza con una melena que se mezclaba con su barba negra, una barba que casi le nacía de los ojos, y miró a Naft con la fuerza de los truenos, como si toda la lluvia del tiempo estuviera aún en su interior, como si él fuera algo necesario, el mismo núcleo, en el ciclo del agua. El agua se evaporaba, quedaba volando en el cielo en forma de nubes y después se precipitaba de nuevo hecha líquido hasta pasar por la piel del hombre. Una vez hubiera recorrido su piel podría llegar de nuevo al mar y ser de nuevo evaporada, pero no antes de pasar por él.
   Para cuando el hombre estuvo de pie, las ensoñaciones de Naftelín se habían hecho humo y se esfumaron como calima. Como un cigarro de pastor con menos tabaco que hierva del camino, como el sonido de la lluvia que llevaba cayendo más de veinte años sin parar.
   —¿Has venido aquí, a los límites de los mapas, para preguntarme por una mujer? —Su voz era el sonido que debía hacer una placa de hielo separándose para siempre de otra más grande, de los barcos resquebrajándose en medio de un naufragio sin gritos. La voz del hombre era primavera, otoño, verano e invierno pero yendo al revés. Era algo que nadie iba a notar fácilmente, pero era algo místico y terrible. Era una voz que llevaba siglos y siglos dormida.
   —Sí. —No tartamudeó, no dudó ni se echó atrás cuando el hombre que parecía un pequeño viejo se movió como un huracán hecho de carne. Permaneció en pie y recibió todo su caos en aquel silencio artificial. No sabía si temía enfrentarse al silencio o a ese hombre que parecía haber germinado en el útero de aquella montaña. Pensó en el triángulo de la entrada.
   El hombre caminó hasta Naft, verlo andar era ver andar a un árbol. Se plantó delante de él y no se molestó en agacharse para poner sus ojos a la altura de los de él. Parecía estar tranquilo, pero su tranquilidad, al igual que lo que ocurre con la idea de la amor o la del silencio, era algo distinto.Su tranquilidad era la ira en los mortales.
   —Eres un completo gilipollas.
   Naftelín se quedó quieto.
   —¿Quieres la respuesta corta o la que te destrozará la vida hasta que solo seas migajas que se comerán los pájaros?
   Naft tragó saliva. ¿Para qué llevaba caminando catorce semanas?
   —La que me destroce. Tiene pinta de ser la verdadera.
   —Eres muy listo. Naftelín. ¿Te llamaron así porque te encontraron dentro de un armario y te habías comido a todas las polillas?
   No pudo decir que no. Era muy posible que fuera así. Se limitó a mirar a los ojos de aquél hombre, que eran dos bosques brillando al sol del verano. Hoy sin lluvia. De pronto asomaron sus hocicos de entre las grietas del techo aquellos murciélagos gigantes, zorros voladores. Se arremolinaron en la alfombra de hierva insectos de todos los colores y tamaños que parecían adorar a ese rey, a ese emperador primordial de todo lo que les daba sustento y vida. Parecía que todo giraba alrededor de ese hombre hecho fuente que se había vuelto a andar ahora que el agua no caía del cielo y no golpeaba su nuca.
   —¿Estás seguro de que quieres saberlo todo acerca de tu inocente idea del amor? ¿Te han roto el corazón alguna vez, chico?
   Lo único que él hizo fue apartarse de su pecho la caperuza que aún colgaba de su hombro. En medio del pecho tenía una cicatriz que se asemejaba a una hoja de tres puntas.
   —Llegó también el otoño al pueblo. No dejó de llover, pero cayeron hojas. Mi corazón fue una de ellas y se hizo trizas cuando los niños jugaron a lanzarse encima.
   El hombre, dios o titan, no lo sabía, volvió sus ojos de bosque y pantano hacia los suyos y brillaron con miel de colmenas y polen de flores extintas.
   —Ven conmigo.
  Le puso una mano de piedra en la espalda y dieron un paso. Al poner el pie en el suelo se giró la realidad al completo, siendo la losa una trampilla oculta que los había puesto al revés del mundo y ese mundo era otro de cielo azul y auroras boreales de colores que se extendían hacia mil direcciones distintas. Era eso o era magia, una muy antigua. La única.
   —El camino no era el viaje, Gorrión. Ahora empieza tu verdadera andanza a este lado del mundo. El de la verdad a la que está atada el dolor y el de las ideas, a la que están atadas los mortales como tú. Aquí están todos mis aprendices, pensando y soñando cómo salir de sus propios pozos. Y para salir de ellos, primero tienen que verlos, ser conscientes de que están dentro de ellos. ¿Conoces tu pozo?
   —Lo conozco.
   —Dale forma, ponle voz. Acuérdate de todo lo que te hizo estar dentro y observa cómo crece su muro hasta que estás en el fondo. Hasta que toques el barro con la espalda y te muerdan las alimañas.
   Y a sus pies se abrió un pozo que no tenía fondo. Uno ciego.
   —Ahora, lánzate dentro.
   —¿Por qué? ¿Por qué no puedo mirar al agua como aquél hombre de allí? ¿Es ese su pozo? ¿Mirar el agua?
   —Así es, Gorrión. Está enamorado del lago.
   —Está loco.
   —¿Y qué diferencia hay entre eso y amar a una mujer que nunca fue capaz de amarte a ti?
   Naft le devolvió su mirada llena de ira, odio y verdad. Se lo pensó bien de espaldas al pozo, tocando el vacío con los talones y, sin dejar de mirarlo, se dejó caer de espaldas a la nada.

viernes, 1 de junio de 2018

Del latín amor, -oris

   He suspirado tanto que he apagado todas las velas de la calle. No es Westminster, es otra que me he inventado. La gente camina a tientas. He pensado que si bien yo ya no puedo amar, ellos pueden ver ahora con las manos.
   ¿Cómo se dibuja un corazón descuartizado? No tengo el color que busco, dudo que lo hayan inventado. Todas las acuarelas chillan que no son tan amargas para este trabajo, que necesito darle más vueltas, pero no sé por qué hablo de colores si lo que yo dibujo es en blanco y negro.
   —Gris —grita el lápiz del bolsillo de mi camisa—. Ni blanco, ni negro.
   Le doy la razón y dibujo arterias al corazón hecho pedazos, pues los rotos seguimos teniendo derecho a vivir. En duda si a ser felices aunque no haya horca para los tristes. Yo lo sé.
   —Borracho, hijo de puta— se levanta ahora una esquina del papel—. Dedícate a algo que no sea manchar.
   Y lo mato. Lo hago una bola partiendo sus huesos, pinchan mis manos llenas de grafito, lo lanzo al conjunto de cadáveres del que el suelo está plagado.
   Ahora saco una pluma y escribo sobre el verbo plagar, porque es importante saber siempre el significado de las palabras que uno usa. Y en ese momento se abre el diccionario como un eructo del diablo, un rebuzno de los burros que se ríen de mí desde el tejado. La palabra toma forma, es un hombre de cien años.
   —¿Quién eres, o quién te crees que eres tú, niño barbado, para usarme en tus locos y tristes ristres, tira y aflojas, jaleos y peleas con tu amada?
   —Ni ristres ni tristes, ni desde luego ya mi amada —le digo al viejo.
   Tragado por el diccionario muere entre sus páginas y en su puesto aparece, sin embargo ahora, un monstruoso y negro ser de ojos torpes y garras hendidas y llenas de purulenta bilis.
   —Te odio —me vomita.
   Yo le planto cara, me pongo a su altura pero tengo tanto miedo como catorce manadas de ciervos heridas. El ser se desfragmenta, se hace goterones que se traga el diccionario de mi abuelo.
   Y de él, por último, aparece un corazón apuñalado, roto y desangelado que no tiene a dónde ir. Se desangra, va a morir.
   No me habla, no reacciona, pero yo le conozco. Es mi dibujo en aquél papel, es mi corazón asesinado. El que tengo dentro del pecho.
   Lloro. Lloro hasta que muere sin poder hablar, hasta que no es más que músculo rojo y azul, y en su página queda toda su sangre derramada. Escrito con tinta, su epitafio y nombre aterradores: Del latín amor, amoris.

Espejos rotos.

Qué sonido tan limpio es el mojado, qué estético el vaso delante del cristal del bar. No es un cristal, es un espejo. Pero qué es un espejo, pregunto yo, sino un cristal con la misión de dar tantas ideas como reflejos.
   ¿Qué es un espejo?, me pregunto a mí, visto una y mil veces rebotado en su pulida fachada brillante. Soy yo detrás de mí y yo delante de mí, dándome la espalda y la frente infinitas veces, catorce, como diría Asterión. ¿No soy yo el mismo que gira la cabeza repetidamente esperando ver algo detrás? ¿Verá el reflejo de mi espalda el de su espalda, y el de delante cruzará la mirada con el de atrás?
   Cuánto miedo me dan los espejos, así, como exclamación sin signos, como susurrada al oído de mi oyente. ¿No serán esas imágenes en serie lo que tantos genios han pintado y contado? Yo en el pasado y en el futuro, dentro de los espejos, y yo en el presente, fuera del cristal, fuera de todo lo que no se puede tocar. ¿No será lo que hay dentro de los espejos otro mundo, y el que nos mira desde dentro, otro yo nuestro que piensa exactamente igual que nosotros pero con el norte invertido?
   Mirad a mi yo, mirad cómo levanta su mano izquierda cuando yo mi derecha. Mirad su lunar en el lado contrario al mío. Me recuerda al molde de una escultura, me recuerda a las almas gemelas, a los gemelos. Tendrá también las ideas dadas la vuelta o seré yo el extraño que, donde él tiene la derecha, tengo yo la izquierda y donde él quiere andar, quiero yo parar.
   No lo sé. Quizá, si yo no lo sé, pueda él saberlo o por el contrario sea esta una idea que en ningún lado del espejo puede saberse nunca. Una cosa es cierta, sin embargo, y es que si se rompe un espejo, todo el mundo siente en sus carnes una sensación de pérdida inconsciente y destructiva. No es por aquello de la mala suerte, no es por los siete años, ni es acumulativa la desdicha con pasar bajo escaleras ni pisar colas a gatos negros. Es porque se ven ellos, a su yo de dentro del espejo, morir en una explosión de esquirlas de cristal y brillo que jamás podrá ser aunada ya. Porque sus yos del otro lado han sufrido una muerte que en el presente, fuera de los espejos, sería brutal, demasiado para una mente humana. ¿Estaremos nosotros dentro de un espejo que también pueda romperse? Fuera del espejo se piensan cosas distintas pero dentro del espejo, ay. Son otros mundos, otros yos, de los que de su muerte sólo sentimos un pequeño latigazo que nos avisa, que nos envara unos instantes breves. Son los gritos. Los gritos que salen de los fragmentos de los espejos.

martes, 22 de mayo de 2018

In vitam mortem

   —Vaya.
   —¿Qué? ¿Qué pasa?
   —Sí que eres guapo —dijiste hace ya tanto tiempo.

   De vez en cuando me paso por donde creo que puedo verte sin que sepas que lo hago. Leo lo que escribes, lo que expones que escribieron otros porque sabes que son palabras perfectas.
   Me acuerdo de tantas cosas que no sé por donde empezar a contártelas. He pensado que si lo hago así, de esta forma indirecta, leyendo mis palabras con tu voz, en realidad no te las estoy contando. ¿No es fantástico que las palabras escritas puedan ser al mismo tiempo mentira y realidad y que solo nosotros sepamos traducirlas? Quizá soy yo el que le da el tinte dramático, qué le voy a hacer.
   Resuenan en mi cabeza casi todas las noches, ¿sabes? Tus últimas palabras. Es curioso, porque fueron escritas y no dichas por tu boca, pero hacen eco en mis oídos todas las eses que utilizaste y la entonación tan tuya que le dabas a las palabras.
   ¿Sabes una cosa? Intento acordarme de tu olor, pero he llegado a la conclusión de que no olías a nada. Me gustaba. Era como la respuesta al «te quiero» un automático «yo también». «Qué bien hueles», decías, y por mi parte quedaba el silencio, saboreando esa nada que desprendías.
 
   Qué bonito fue todo lo que creció alrededor nuestro, toda aquella mitología que habló tanto de nosotros incluso para el que no nos conociera, pero esos a quién le importaban. ¿Te acuerdas de los cuentos? ¿Y de los fragmentos a medio acabar que me pedías que te releyera a veces? ¿Sabes a qué suelo acudir yo cuando me acuerdo de ti? A los títulos o leyendas que había en tus fotos. «Hola, me aburro muchísimo, cuéntame muchos cuentos». También de aquella pareja que vimos abrazada cuando entró la noche.
   —Mira, qué felices.
   —Sí, es posible que acaben de empezar una relación
   —O no.
   —Sí, también es posible que lleven muchísimo tiempo juntos y que sean la prueba viviente de que el amor puede ser infinito si sabe cómo tratarse.
   Y cuando terminan esos diálogos nuestros en mi cabeza a menudo no hay conclusión. Es como si un libro tuviera fin en un capítulo noventa y nueve, falta una pequeña conclusión, un pequeño término o corte que me diga que esas cosas las he recogido y las he aprendido, pero todo fue tan rápido. Si tuviera que utilizar la sinestesia para comparar todo aquello, me decantaría por la guitarra del principio de Rebel rebel, de Bowie. Era algo tan agradable que quisiera que continuara para siempre. Y es raro, porque esto se me ocurre hoy después de tanto tiempo. No voy a compararte con nada, ya hablamos mucho sobre comparaciones.
   Si supieras de dónde vienen los camiones que se paran enfrente de mi trabajo. Podría mandarte fotos de ellos, pero cuánto dolor desatarían en ambos, cuantos nudos mojarían para hacerlos más fuertes.
   En realidad sí que tengo términos, tengo mil moralejas que apuntar en aquellos sobres de azúcar amarillos de los que tanto nos reímos. Dios. Estoy llorando otra vez. Las llamo moralejas por seguir hablando de cuentos, como si esto fuera un texto para niños y no para ti, que me enseñaste que ya no lo era. Me enseñaste tanto que quizá nadie pueda enseñarme nada más, quizá fue ese el punto de mi vida en el que solo ser más viejo me hará más sabio.
   Me acuerdo del disfraz de docente, de yo siendo de estaño y de tungsteno. Me acuerdo de aquella mañana a las siete en la que me pediste que guardara aquél relato en papel y a lápiz, como si fuera yo alguien que tuviera idea de qué es escribir. Qué bonito era todo lo que decías, qué bonito hacías que pareciera todo lo que dijera yo.
  «Deberías leer esto y entrar en comunión con el universo», dijiste una vez como una maestra de secta. Malditas sean todas tus dulces palabras que cortaban las rocas.
   —Siempre he querido que mi novela empezara con esas palabras.
   —¿Con los gritos de un hombre bueno?
   —¿No te parece algo tremendamente impactante?
   —Sí. —decías sí con tanto paro, con tanta decisión, que tengo que romper todas las normas ortográficas y colocar un punto ahí. Estoy seguro de que me entenderás aun dada tu posición—. Lo es.

   ¿Cuándo parar de hablar de ti? No es parar, sino empezar lo que siempre parece que cuesta. Qué rápido fue todo, qué fugaz la caída. Todavía parezco seguir esperando el golpe, soy un imbécil.
  ¿Te acuerdas cuando hablábamos de verbos? ¿Cuando decíamos dos palabras que deberían casarse? Me acuerdo de «efluvios que emanan». Me acuerdo de todas las avispas.
   Y si me acuerdo de avispas me acuerdo del dolor de mil espinas. Qué grandísima palabra es espina, ¿no crees? No respondas. No hace falta.